—Es solo una escapada —dijo Marcos, mientras tomaba la curva final del camino de tierra—. Solo nosotros tres, como antes.
Su esposa, Clara, no respondió. Observaba el bosque espeso que rodeaba la cabaña prestada por su viejo amigo Raúl. Detrás, su hijo Leo, de ocho años, jugaba con un peluche de lobo que encontró en el asiento trasero.

La cabaña era antigua, pero acogedora. Madera oscura, chimenea de piedra, una mecedora que crujía sola cuando el viento soplaba. Aunque el celular no tenía señal, el bosque ofrecía silencio… demasiado silencio.
Esa noche, cenaron a la luz de las velas. Leo estaba inquieto, decía haber visto algo entre los árboles. Clara lo atribuyó a su imaginación desbordante. Marcos encendió la chimenea para calmar los nervios. Afuera, la luna llena asomaba entre las ramas.
—Papá —susurró Leo mientras lo ayudaban a acostarse—, el lobo está aquí. Lo escuché aullar.
—Es solo un coyote, hijo. Aquí hay muchos.

Pero Leo temblaba.
Cuando el reloj marcó las dos de la madrugada, Clara se despertó sobresaltada. Un gruñido grave, profundo, resonaba entre los árboles. No era un perro. No era un coyote. Era algo más… algo que caminaba en dos patas.
Despertó a Marcos, pero él ya estaba sentado, alerta, con un hacha en la mano.
—Lo escuché también —susurró—. Está dando vueltas a la cabaña.

El gruñido volvió, más cerca. Algo raspaba la puerta.
Clara corrió a la habitación de Leo. El niño ya no estaba. Solo quedaba su peluche de lobo, con la cabeza arrancada.
—¡LEO! —gritó.
Una figura se alzó frente a la ventana. Pelaje gris oscuro, colmillos afilados, ojos amarillos que brillaban con odio antiguo. El cristal estalló. La criatura cayó dentro.

Marcos empujó a Clara hacia las escaleras del desván.
—¡Corre! ¡Encuentra a Leo!
Él se enfrentó a la bestia con el hacha mientras ella subía, tropezando con los escalones. Desde arriba, escuchó el golpe seco del hacha, un gruñido más fuerte… y luego, un chillido humano que no venía del hombre lobo.
Siguió el sonido de un sollozo. Detrás de unas cajas, Leo estaba acurrucado, cubierto de sangre que no era suya.

—Mamá… él… era papá.
Clara lo miró, confundida. Abajo, los gruñidos cesaron. Solo quedó el crujir de las brasas apagadas.
Entonces, la figura subió por las escaleras.
Pero ya no era el mismo lobo.

Era Marcos.
Pero su rostro… no era su rostro. Era alargado, peludo. Sus ojos ya no eran marrones, sino dorados, brillando en la oscuridad.
—No quería que me vieran así… —murmuró, su voz era un eco gutural—. Pensé que podría controlarlo esta vez. Pero la luna… no me deja.
Clara abrazó a Leo. El niño temblaba.

—Raúl me la prestó… porque él también es uno. Todos los del grupo lo son. Me estaban ayudando, Clara. Por eso vine.
—¡Te llevaste a tu hijo al bosque… sabiendo esto! —gritó ella.
Marcos bajó la mirada, avergonzado… pero un nuevo espasmo lo sacudió. Se dobló, su cuerpo crujió y su mandíbula se alargó otra vez.
—¡Corre, mamá! —gritó Leo.

Clara rompió la ventana del desván con una lámpara. La caída fue brutal. Corrieron hacia el bosque, entre ramas que cortaban la piel. Atrás, los aullidos crecían.
No sabían cuántos había.
Solo que no era uno.
Y la luna apenas comenzaba a subir.
FIN
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