EL SENDERO ROJO

Adriana y su hermano Tomás acamparon en un bosque alejado del pueblo. Les habían advertido que no siguieran el sendero rojo, un camino oculto entre la niebla. Pero la curiosidad venció al miedo.
Lo encontraron al atardecer: un estrecho sendero cubierto de hojas marchitas, marcado por ramas rotas y manchas oscuras en el suelo. Parecía sangre… vieja.
Caminaron sin decir palabra, como si una fuerza los arrastrara.
Al llegar a un claro, lo vieron: un círculo de huesos. Algunos aún con carne. En el centro, un árbol retorcido. Tomás quiso acercarse, pero un aullido rasgó el cielo.
Era grave. Cercano.
Las ramas temblaron. Algo los observaba.

Una criatura de ojos rojos, pelaje enmarañado y garras como machetes emergió de entre los árboles. Tenía forma humana, pero se movía como un lobo.
Corrieron.
Tomás cayó. Adriana quiso ayudarlo, pero el monstruo fue más rápido.
Ella no gritó. Solo corrió hasta el campamento.
Al amanecer, un guardabosques la encontró sola, temblando. Cuando la llevaron al claro, no había nada. Ni sangre. Ni huesos.
Solo un nuevo árbol, con ramas como garras, creciendo en el centro del círculo.
FIN
LA BESTIA DE CENIZA

Cada otoño, los leñadores evitaban el Bosque de Ceniza. Decían que algo antiguo despertaba bajo las raíces.
Martín no creía en cuentos. Entró con su perro Bruno y una linterna. Iba a cortar madera, como siempre.
Pero ese día, el silencio era espeso. Bruno no dejaba de mirar al interior del bosque, como si algo se moviera entre los árboles.
Martín oyó pasos… pero no suyos. Volteó y lo vio: una silueta enorme, peluda, con el hocico cubierto de sangre.
Era un hombre lobo.
Corrió, pero tropezó. Bruno se interpuso entre él y la bestia.
Un chillido. Un aullido. Luego, nada.

Cuando Martín despertó, estaba solo. Bruno no volvió. En su lugar, una figura lo vigilaba desde lo profundo del bosque: con ojos familiares… y garras nuevas.
FIN
NO ENTRES CUANDO HAY LUNA

Una pareja de excursionistas, Carla y Esteban, pasaban su aniversario en un parque nacional. Un guardia anciano los vio entrar al bosque y les dijo:
—Hoy hay luna llena. No crucen el arroyo. Regresen antes del anochecer.
Pero el bosque era hermoso. No querían volver aún.
Cruzaron el arroyo al atardecer. El ambiente cambió. Más frío. Más oscuro. Se escuchaban ramas quebrarse en todas direcciones, aunque no soplaba viento.
Entonces, un aullido.
Esteban sacó un cuchillo, Carla encendió el celular. Nada funcionó. De los árboles emergió un ser bípedo, cubierto de pelo, con colmillos largos y ojos que reflejaban la luna.

Corrieron. El río parecía no tener fin. Esteban fue alcanzado. Carla saltó al agua.
Flotó hasta la orilla. Despertó en la cabaña del guardia.
—Te dije que no cruzaras… —susurró él, con una mirada melancólica—. Esa criatura… era mi hijo.
FIN
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