Mi padre siempre dijo que los bosques guardan secretos… pero nunca imaginé que querrían tragarnos vivos.

Después de un largo viaje por carretera, llegamos al límite del bosque de Narval, un lugar al que pocos se atrevían a entrar. Íbamos a acampar una noche. Solo eso. Mi padre, yo, y Rex, nuestro perro san bernardo, leal y enorme como una roca con patas.
La idea era reconectarnos. Desde que mamá murió, todo había cambiado. Mi padre se volvió más callado, más frío. Pero amaba los bosques. Decía que en la naturaleza uno podía escuchar lo que el mundo trataba de advertirte.
Esa tarde, mientras armábamos la tienda, Rex no paraba de olfatear el aire. Gruñía sin motivo. Su pelaje se erizaba con cada crujido entre los árboles. Mi padre lo tranquilizaba, pero yo notaba su mirada: también estaba tenso.

—¿Qué tiene, papá? —pregunté.
—Debe haber zorros… o algo más grande.
Pero no eran zorros. Lo descubrimos esa noche.
El primer aullido vino desde lo profundo del bosque. No era un lobo común. Era un sonido que parecía desgarrar el aire, largo y lleno de rabia. Rex se puso de pie, mostrando los dientes, su gruñido más grave que nunca.
—Recoge tus cosas —dijo mi padre—. Nos vamos ahora.
Pero era demasiado tarde.
Apenas salimos de la tienda, escuchamos ramas romperse, como si algo pesado se moviera entre los árboles. Algo que no corría en cuatro patas… sino en dos.
Mi padre encendió la linterna. Un destello iluminó por un segundo lo que parecía un torso cubierto de pelo, enormes garras… y ojos amarillos que nos observaban con hambre.

Rex se lanzó sin pensarlo.
Lo oímos chocar con algo en la oscuridad, seguido de un chillido… luego un rugido.
—¡Rex! —grité, pero mi padre me sujetó del brazo.
—¡Corre!
Corrimos por el bosque como si el mismo infierno nos persiguiera. Detrás, algo nos seguía, rápido, fuerte… y hambriento.
Nos escondimos entre unas rocas. Mi padre sacó su navaja y me miró con una seriedad que nunca le había visto.

—Si algo me pasa… tú corres. No mires atrás. ¿Entendiste?
Yo no respondí. Solo asentí con lágrimas en los ojos.
El silencio cayó por un momento.
Luego… los pasos.
Pesados. Lentos. Respiración jadeante. Estaba cerca.
Mi padre salió de golpe, gritando, para distraerlo.

—¡Ven por mí, maldito!
Y entonces lo vi. Una criatura inmensa, más alta que cualquier hombre. Su hocico goteaba sangre, y sus garras parecían cuchillas negras. Saltó sobre él.
Yo cerré los ojos.
Un nuevo rugido llenó el aire… pero no fue el de la bestia.
Fue Rex.
Roto, sangrante, pero vivo. El perro mordió la pierna de la criatura con tanta fuerza que esta aulló de dolor y soltó a mi padre.

Corrí hacia él. Mi padre estaba herido, pero consciente. Aprovechamos la distracción para huir, mientras Rex peleaba como si supiera que ese era su destino.
Amanecimos abrazados junto a una carretera secundaria, cubiertos de barro y sangre. Unos cazadores nos encontraron y nos llevaron al hospital.
Nunca hallaron a Rex. Pero yo sé que luchó hasta el final.

Mi padre ya no volvió a hablar del bosque. Pero todas las noches, cuando la luna llena aparece… se encierra en el sótano.
Y yo… oigo rasguños en la puerta.
FIN
VIDEO RECOMENDADO:
LA CARRETERA DE VERMONT | HISTORIA de TERROR de HOMBRES LOBOS en BOSQUES VOL. 3 | Creepypasta
ESCÚCHALO TAMBIÉN EN PODCAST EN:




