No sé en qué momento el viaje dejó de ser una investigación periodística y se transformó en una sentencia. Me llamo Adrián Valverde, escritor de crónicas oscuras, obsesionado con la aristocracia maldita de Europa. Fue por eso que, sin pensarlo demasiado, acepté la invitación para quedarme unos días en el Castillo Ravagni, enclavado entre los Cárpatos, en pleno corazón de Transilvania.

La propiedad perteneció durante siglos a una familia noble húngaro-rumana: los Ravagni de Dömötörháza. Ricos, excéntricos y… malditos. Todos en la zona aseguraban que algo en su sangre no era humano del todo. Cazadores. Guerreros. Hombres de gran estatura y fuerza descomunal. Pero tras la Gran Guerra, desaparecieron sin dejar rastro. Sólo quedó la enorme mansión de piedra, rodeada de niebla y bosques que no figuraban en ningún mapa.
Mi guía, un anciano de rostro arrugado llamado Istvan, se negó a acompañarme más allá de la reja oxidada. Solo murmuró:
—Si escucha aullidos, no los siga. No importa qué voz imiten.
Esa primera noche, el castillo me recibió con un silencio antinatural. Ni grillos, ni viento. Solo mi respiración y el eco de mis pasos. La biblioteca estaba intacta, con libros que databan del siglo XV, y retratos familiares colgaban de los muros como testigos eternos de un linaje olvidado. En uno de ellos, un joven de mirada intensa y mandíbula fuerte me llamó la atención. La placa decía:
«Lorand Ravagni, último heredero».
Esa madrugada, los aullidos comenzaron.

Primero lejanos, como lamentos. Luego más cerca… más furiosos. Me asomé por el ventanal del cuarto principal y vi algo cruzar el bosque: enorme, de espaldas arqueadas, con pelaje oscuro y movimiento humanoide. No era un lobo. Era algo que pretendía ser uno.
El segundo día encontré un diario escondido entre las piedras de la chimenea. Era de Lorand Ravagni, fechado en 1918. El joven narraba su rechazo a una «herencia salvaje», una bestia interior que despertaba con la luna llena. Describía ritos, sangre, y un pacto ancestral: los Ravagni no podían morir de forma natural. Solo otro de su estirpe podía acabar con ellos.
Su última frase me heló los huesos:
«Si estás leyendo esto, tal vez tú seas el siguiente.»
Esa noche no dormí.

Al tercer día, mientras exploraba las catacumbas, encontré marcas en las paredes. Garfios. Como si una criatura hubiera arañado la piedra. También había pelos, trozos de tela, y un olor rancio que se me pegó a la garganta. Cuando subí de nuevo, el castillo estaba diferente. Las puertas estaban abiertas. El fuego encendido. Y en el salón principal… él estaba ahí.
Era Lorand. Igual que en el retrato. Joven. Imposiblemente joven. Pero su rostro… su piel temblaba, como si por debajo hubiera algo a punto de romperla. Me habló con una voz ronca:
—He esperado cien años. La sangre llama a la sangre. Tú llevas algo mío. La maldición necesita continuar…
Antes de que pudiera correr, su cuerpo se arqueó y escuché los huesos quebrarse. Las uñas brotaron como cuchillas. Los colmillos rompieron su encía. Lo último que vi fue su mandíbula alargándose mientras su sombra lo cubría todo.

Ahora escribo esto encerrado en una de las habitaciones más profundas del castillo. Oigo sus pasos. Oigo cómo me huele desde el otro lado. No me matará aún. Quiere que entienda. Que acepte lo que soy.
La sangre no miente.
Y esta noche, hay luna llena.
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