La Cena

Mónica, una estudiante universitaria, fue contratada como niñera en una antigua casona a las afueras de San Roque del Alba. Le dijeron que cuidaría a un niño tranquilo llamado Elías, y que bajo ninguna circunstancia debía abrir las cortinas ni dejar que saliera de su habitación.
Durante la noche, Mónica notó que las sombras parecían más densas que de costumbre. Escuchaba pasos en el piso de arriba, murmullos detrás de las paredes.
El niño, inmóvil en su silla, le susurró:
—Ya viene mi familia. Gracias por quedarte, Mónica.
A las tres de la madrugada, cuatro figuras pálidas bajaron las escaleras. Mónica no pudo gritar, no pudo correr. Estaba paralizada.
—Hace décadas que no comemos algo tan fresco —dijo uno de ellos.
Mientras los colmillos se acercaban a su cuello, Mónica entendió que Elías no era un niño. Era el anzuelo.
FIN
El Pueblo que No Amanecía

Cristóbal llegó a San Roque del Alba para investigar los extraños casos de desapariciones y el fenómeno anómalo: el sol ya no salía sobre el pueblo.
Los lugareños hablaban con miedo de la iglesia, y de una familia ancestral que vivía “más allá de la luz”.
Cristóbal entró a la iglesia. En lugar de bancos había ataúdes abiertos. En el altar, encontró una figura crucificada al revés… era Mónica.
Todavía tenía los ojos abiertos.
Sintió una presencia detrás.
—Ella fue deliciosa —susurró Elías.
Cristóbal corrió, pero el pueblo entero lo rodeó. Todos los rostros eran pálidos. Algunos tenían uniformes de tren. Otros, trajes de gala.
—Ya no hay amanecer —dijo una voz gutural—. Este pueblo pertenece a la Sangre Antigua.
Y él… fue aceptado como el siguiente huésped.
FIN
El Último Tren

A las 11:58 PM, cada noche, un tren fantasmal se detiene en la estación vacía de San Roque. Nadie lo ve llegar. Nadie lo oye frenar. Pero alguien siempre sube.
Esa noche fue Sofía, periodista amiga de Cristóbal. Venía a buscarlo.
El interior del tren era gótico, silencioso, iluminado por velas rojas. En los asientos, decenas de pasajeros pálidos, inmóviles… muchos de ellos con colmillos.
En la cabina del fondo, vio a Cristóbal. Sus ojos eran negros. Su piel, blanca como la nieve. Sonreía con hambre.
—Sofía… qué alegría verte. Te esperábamos.
Las puertas se cerraron. El tren se puso en marcha. Fuera, el mundo parecía detenerse.
Esa noche, el tren no volvió.
Y San Roque del Alba quedó completamente en tinieblas.
FIN
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