LA LUZ DE LOS COLMILLOS

Transilvania. Octubre. Las hojas caídas crujían bajo las botas de Emma Rinaldi, investigadora de fenómenos paranormales enviada por una universidad europea. Su misión: documentar el mito de Nosferatu y hallar las ruinas de su castillo, si es que existían. Lo que comenzó como un proyecto académico pronto se convirtió en algo mucho más oscuro.
Emma llegó al pueblo de Tihuta, un asentamiento aislado, rodeado de brumas y viejos secretos. Nadie hablaba del castillo. Ni siquiera lo señalaban. Pero todos sabían que estaba allí. En las montañas. En la niebla.
La única pista útil vino del tabernero, un hombre de rostro seco y manos nerviosas. Le habló de dos hombres que podían saber más: Andrei y su padre, Viktor Dragomir. Cazadores de vampiros. Los últimos, según algunos.
Esa misma noche, Emma caminó hasta su cabaña, al borde del bosque. La recibió Viktor, un hombre de más de sesenta años, con barba blanca, ojos cansados y voz grave como un trueno apagado.

—Nosferatu no es un mito —dijo, sin rodeos—. Es real. Y su castillo no está abandonado.
Detrás de él, Nikolai, su hijo, emergió del umbral. Tenía la misma mirada intensa de su padre, pero con juventud en la piel. Era fuerte, callado, pero sus ojos seguían a Emma con una mezcla de recelo… y algo más.
—¿Por qué quieres encontrarlo? —preguntó Nikolai.
—Porque los mitos nacen de algo. Y yo quiero saber la verdad.
Durante días, recorrieron juntos los bosques. Las tumbas sin nombre. Las aldeas abandonadas. Por las noches, hablaban junto al fuego. Y Nikolai, poco a poco, dejaba caer sus muros.

Le habló de su madre, asesinada por un vampiro. De su entrenamiento. De su odio. Y de su miedo: convertirse en lo mismo que cazaba.
Emma escuchaba, fascinada. No solo por las historias, sino por él. Por cómo su dureza escondía una herida abierta.
Una noche, bajo la luna llena, llegaron a un claro. Ante ellos, se alzaban los restos del castillo de Nosferatu. Pero no estaba vacío. Velas encendidas. Cánticos en latín. Algo lo habitaba.

Emma tembló. Nikolai la tomó de la mano.
—Te protegeré —dijo.
—¿Y si no volvemos?
—Entonces valdrá la pena haber venido contigo.
Entraron juntos.
Y desde las sombras del trono de piedra… Nosferatu abrió los ojos.
No eran humanos. No eran siquiera ojos. Eran grietas de oscuridad pura, vacías, como pozos de noche.
Viktor desenfundó una estaca de plata negra, tallada con símbolos antiguos. Nikolai apuntó con la ballesta. Emma sostenía una linterna ultravioleta, temblando, su respiración atrapada entre el miedo y la adrenalina.

—Lo hemos esperado demasiado tiempo —susurró Viktor.
La figura se alzó del trono. Delgada, cadavérica, con una túnica oscura como el carbón y piel translúcida. Su boca, un corte perpetuo de colmillos. Su voz retumbó sin abrir los labios.
—¿Otra generación de Dragomir? Siempre tan tercos… siempre tan deliciosos.
Nosferatu se movió con velocidad imposible. En un parpadeo, ya estaba frente a Viktor. Un zarpazo bastó para lanzarlo contra un pilar. El anciano cayó al suelo, inconsciente.

—¡PADRE! —rugió Nikolai.
Emma reaccionó. Encendió la linterna UV y dirigió el haz directamente al rostro del vampiro. Nosferatu chilló como un animal herido. Su carne humeó, se resquebrajó, pero no cayó.
—¡Apunta al corazón! —gritó ella.
Nikolai disparó. El virote impactó en el pecho de Nosferatu, pero no bastó.
—Plata sola no lo mata —jadeó Viktor, arrastrándose—. Debe ser… bendecida.
Emma recordó el relicario de su cuello. Lo arrancó, lo presionó contra la estaca, y se lo entregó a Nikolai.
—Hazlo por tu padre.
Nikolai, con lágrimas y rabia, corrió hacia el monstruo. Esquivó su garra, giró… y clavó la estaca bendecida en su corazón podrido.

Nosferatu rugió. Su cuerpo se retorció, se incendió desde dentro. Se quebró como una estatua hueca… y cayó, reducido a cenizas.
El silencio volvió.
Viktor respiraba. Emma lloraba. Nikolai, cubierto de polvo y sangre, la abrazó.
—Vivimos —susurró.
—Sí —respondió ella—. Pero algo dentro de mí también cambió esta noche.
Aferrados a la luz del amanecer, los tres dejaron atrás el castillo. Y aunque la oscuridad había sido vencida… sabían que otras sombras los esperarían.
Juntos.
FIN
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